¿Acaso no oiste el canto melódico y triste que cantaba Ruth en el trigal ajeno? Pues en esos dias el campesino y el señor, aquellos dias discutían, discutían tan fuerte como si la vida les fuera en ello. Aquella copa de vino que estaba posada en la mesa de madera en lo alto de aquella torre, solo guardaba una pequeña esencia de lo que se puede denominar insannia. Pues la verdadera esencia, la exquisita se encuentra en un lugar ajeno a la conciencia. Pero pasemos ahora a esa pequeña insania, que reside en aquella copa de cristal, entumecida por el contacto del frío, y muda por los labios que nunca llegaron a posarse en ella. Aunque resida en ella el vino, la ambrosia por excelencia, se siente vacía, desconsolada. Alejada del mundo que le rodea. Ya no hay nada que ver. Ya no hay nada que temer. Ya no hay nada que soñar. Nada. No hay nada. Solo se encuentra el inmenso vacío que se extiende ante su vista, ni siquiera siente incertidumbre, ni siente agonía.
Pues he aqui el comienzo de la locura, el comienzo de la no existencia de sensaciones.
Pues he aqui el comienzo de la locura, el comienzo de la no existencia de sensaciones.



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