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Al mundo de la escritura. Pasatelo genial por este viaje sin fin.

miércoles, 24 de noviembre de 2010


¿De dónde salía aquel manjar? ¿De dónde salía el ícar de los dioses, el ícar de la demencia? ¿De dónde provenia tal cosa para la humanidad? ¿De dónde? Cierto día, al atardecer, cuando aquellas llamas de fuego acechaban sobre el fiordo de la ciudad, Ruth que nostálgica, salió a los puestos, los cuales empezaban a recoger. Como si el tiempo fuera eterno, y como si el mundo se hubiera parado. Ella andaba entre las sombras revoloteantes de la ciudad, andaba entre aquellos gritos a los que se debía de acostumbrar. Andaba entre figuras quizás de niños, quizás de ancianos. Andaba entre humanos. Entre personas. ¿Dónde podía conseguir lo que tanto ansiaba? ¿Dónde lo podía encontrar? Entre la oscuridad de la noche, en aquel páramo desierto escuchó unas voces entrelazándose con el sonido de las tinieblas. Suceptibles a ser escuchadas, suceptibles a ella. Las voces procedían de la tierra, emanaban de ella como dos hilos de humo envolviéndola en un baile eterno, en un vaiven efímero. ¿Y eso que era? No podía ser la locura, todavia no había tenido oportunidad de probarla. ¿Qué era eso entonces? Y alzándose hasta el negro de la noche, observando aquella pocas luces de la ciudad, a aquellos reflejos de la Luna sobre la armadura de los hombres, recordó que aquello a lo que ahora estaba sometida era la razón. La cual le habia devuelto a la realidad. Pero, ¿porqué? NO. Ella no quería regresar. Ella no qería verse de nuevo aquí. Descendió hasta la tierra, que le abrasó los pies. Castigo de la razón. Le dio rabia. Rabia que alteró su estado. Corrió hacía aquella torre, y subió los escalones tan rápido como sus pies se lo permitían. Y ahí, ahí encima de aquella mesa. Seguía la copa de cristal. Pero era fría y vacía, sin insania. ¿Qué es lo que había pasado? ¿Dónde estaba? El rey apareció ante ella, dicho sea de paso, bien engalardonado. Llevaba en sus manos, una botella negra, como las de la época. ¿Qué era lo que residía dentro de esta? El rey tomó la copa entre sus dedos provistos de anillos, y despació alzó la otra mano inclinándola para que su contenido, se precipitará hasta la supercie de cristal, que silenciosa y triste se hallaba. Eran las voces de la sangre inúndando como una ola aquellas casas de cristal.

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