
Una vez la sangre puesta en aquella superficie, el rey se acercó a Ruth. La tomó por la espalda haciendo que está se arqueará. Entoncés alzó la copa hasta la altura de los labios sedientos de Ruth, que temerosa, muda estaba. La inclinó sobre aquellos labios carnosos y devoradores, entoncés la gota de aquella insania paseó por sus labios haciéndola desearla. Entonces aquella gota de sangre, resbaló por su comisura, y Ruth se paretó los labios, esperando a sentir el elixir de los dioses. La mano del rey inclinó más la copa, y ella sintió como aquella ola que había visto antes, recorría toda su interior, estrellandose contra sus paderes, los gritos de la gente resonaban ahora en ella, y el aire recorría su interior, haciendo que se estremeciera. Cuando aquella sangre descendió por su piel pálida, sintió el frío de la humanidad recorrer su cuello. Fue cuando el rey, de nuevo, la arqueó aún más, y acercó sus labios a sus oídos. ¿Qué era eso que le susurraba? ¿Qué es lo qué le estaba intentando decir? Pequeñas palabras llenas de mentiras traspasaban su mente, como flechas disparadas. Palabras tan comprometedoas, como era la promesa, o como era el amor. No le creía, ni un solo instante. Pero, la insania, la insani sí que la sintió, sí que sintió la sangre de la humanidad. Y eso no había sido una mentira, quizás, puede que se autoengañará, pero saborear esa demencia era tan deliciosa para sus labios humanos, que pensaba que estaba violando los derechos de los dioses. Se pudo en pie, apartando a aquel ser que le susurraba mentiras ocultas, y se encaminó hacía la salida.


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