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Al mundo de la escritura. Pasatelo genial por este viaje sin fin.

domingo, 4 de marzo de 2012

Primer Capitulo Blas Marine

Herin se hallaba recostada sobre el puente que atravesaba el río Júcar para que los carruajes pudieran acceder de forma segura y rápida a la ciudad de Blas Marine, que se encontraba en la época de la primavera, cuando la flor de azahar empezaba a emanar ese dulce aroma, los girasoles sonreír al sol y el mar cantar al son de los pájaros; en la época de la lozanía, que así recordaban las personas más antiguas del pueblo, ese proceso por él que debían dejar la ciudad y seguir algún camino, o quedarse en Blas Marine, formalizar una buena familia y cuando tú ya residas en tu vejez, lleves con honor el negocio familiar, ese que tú forjaste con el sudor de tu frente. Era la época de la juventud. Herin reposaba sobre el muro de piedra, con una rama de trigo mordisqueándola cuando divisó a lo lejos los fuegos artificiales que habían estado preparando los oficiales de carga durante todo el año. Había algo que siempre le gustaba hacer a la pequeña muchacha, y era llegar tarde, a lo que fuera, un entierro, una cena, el primer día en que fue al colegio mayor Hudson, era algo característico de ella, y la gente la conocía por eso más que por otra cosa, por su tardez siempre esperada. Recogió la chaqueta de color beige y con un paso vago se dirigió hacía el centro de la ciudad, en donde se hallaba un gran escenario colocado frente a la puerta principal del ayuntamiento, estaba adornado con varias plantas de color rosa y blanco y encima de él, se podía observar lo que era una especie de atril de madera con el libro de la antigua historia de la ciudad, que había sido salvado innumerad de veces por los héroes de Blas Marine. Y subido en esos tablones divisó la indudable imagen del alcalde Steven Straford, bajo, como era normal en todos los hombres que rebosaban la edad de cincuenta años, tenía unas entradas de color rojizo y sus mejillas siempre estaban coloridas y llenas de pequeñas pecas alrededor de esa rojez. En cuanto a sus ojos, eran de un verde aguado, casi adornados con pequeñas gotas de rocío. A su lado se encontraba Geppeto Terrier, el único médico de la ciudad, vestía una especie de capa negra atada al cuello, adornándola a veces con pequeños cristales pulidos a mano. Era un hombre de unos treinta años, que llegó a la ciudad cuando Herin aún no había nacido. Nadie sabía nada de él, su pasado permanece todavía oculto y nadie le preguntaba por él. La voz de Straford, vieja y grave empezó a sonar indicando el comienzo de la ceremonia de la lozanía. La aglomeración de gente que sucumbía la plaza central se calló, en un momento el silencio reinó en todo el ambiente hasta que Straford llamó a todos los jóvenes al escenario. La gente estalló en multitud de aplausos, silbidos y que bien te queda esa toga, enhorabuena muchacho. De pronto Herin oyó su nombre pronunciado por el alcalde, se abrió pasó entre la gente y todos esos ojo se fijaron en ella, azules, negros, marrones…había infinidad de colores que la observaban con detenimiento. Cuando llegó al escenario miró a ese mar de gente y pensó que a lo mejor podía haber evitado eso, que a lo mejor podía haber subido a algún caballo y dejarlos a todos en la estacada, pero ella no era como otros que habían defraudado a sus gentes, ella tenía un destino.

-Hoy es un nuevo día para nosotros-comenzó a decir-Hoy decidiremos nuestro camino, hoy forjaremos en la historia de Blas Marine un nuevo capitulo que se dividirá su vez en otros muchos, uno por cada uno de nuestra vida, y ese capitulo de nuestra vida, en otros tantos. Hoy nos forjaremos como personas y diremos que somos seres dotados de razón, qué es el tesoro más preciado que tenemos. Gracias a la escuela Hudson, que un día mi abuelo, Baptiste Hudson fundó, hemos progresado en medicina, en territorios, en recursos. Gracias a ella, hemos, habéis hecho posible el sueño de muchos héroes, porque vuestros familiares, hijos, parientes, son héroes, son valientes, son lo que son, habitantes de Blas Marine.-cuando terminó de recitar el discurso que había preparado, dio una bocanada de aire y cerró los ojos, fue cuando sus oídos captaron las miles de ovaciones que esperaba oír. Recogió su diploma y bajó del escenario, ahí se encontró con su prima Emden Hudson, que la reconocía enseguida por su parda melena y esos ojos bañados con el agua del océano, porque eran unos ojos destinados a ser navegados por grandiosos barcos.

-¡Emden!-gritó para que la escuchara, pero fue en vano, su prima se encontraba rodeada de varias chicas parloteando como verdaderas gallinas.- ¡EMDEN!-Ahora sí que la reconoció y volvió para ver a Herin esperando fuera del círculo de las gallinas, tomó su toga del suelo y corrió hacía donde estaba ella, vio como no se había puesto la toga, ni siquiera se había arreglado. Su pelo era de un negro intenso, mezclándose a veces con pequeños reflejos lilas cuando el sol se posaba en su cabeza, pero había una cosa que no le gustaba de su prima, ni a ella ni a todo el mundo, era ese color rojo de sus ojos la que la hacía tan especial, tan misteriosa. Era extraño de ver y aún más de explicar, ese rojo no es el que ves cuando te abres una herida en la rodilla o en la palma de la mano, no. Es un rojizo intenso, capaz de confundirse con la sangre teñida de maldad, es como la sangre seca y acumulada en el cuerpo de una persona, sí eso es, como esa sangre. Así es como la veía Emden desde su punto de vista, y seguramente toda la ciudad.

-Ni siquiera te has puesto la toga-comentó Emden poniéndole a su prima delante la prenda de vestir oscura.

-¿Para qué? Un insignificante momento que no quedará recuerdo alguno de él y que no será jamás contado por nadie.

-Mira qué eres rara-la otra le echó el brazo por el hombro y siguieron caminando hasta hallarse en uno de los jardines de la ciudad, en el que había bancos, fuentes llenas de carpas y flores que se habían abierto para la lozanía.

-No soy rara, solo tengo mis propias ideas con respecto al mundo.

-Mira no me voy a meter contigo, pero insisto en que eres rara-Herin la miró un poco dolida y en un momento fugaz la cogió de los brazos y la estampó en el suelo, su prima cogió las muñecas de está y las retorció haciendo que Herin se soltará y quedará vulnerable al inesperado ataque de una cucharada de miel.- ¿No te he dicho yo que eres rara?

-Yo sé quien me tiraría miel solo por reírse a costa mía. ¡DENN!-gritó furiosa mientras corría al árbol más próximo a sacar al responsable del la miel de la oreja.

-¿Porqué has tirado la miel, con lo rica que esta?-preguntó Emden cogiendo con su dedo índice una pequeña porción de miel del pelo de Herin y metiéndoselo en su pequeña boca.

-Siempre os estáis peleando.

-Eso no viene a cuento. ¿La miel?-instó Herin malhumorada.

-Bueno como estos últimos días has estado agria, he pensado en ponerte dulce y que sonrieras, así que como la miel es dulce…-se encogió de hombros para darse media vuelta.

-Denn, a las cosas agrias no hay que ponerles azúcar, sino sal, para que sean saladas-y diciendo esto vertió un tarro de esos cristales salados al cobrizo y sedoso pelo del joven, Herin vio como los cristales habían quedado en la comisura de sus labios y otros en las entradas de sus pequeños ojos verdes, era el verde más claro y bello que jamás había visto Herin, cuando vio a su amigo por primera vez y pensó que esos ojos eran algún tesoro de la familia de Denn. Y aunque parezca mentira, todavía lo sigue pensando.

-¿Llevas un tarrito de sal?-preguntó Emden dejando su toga en el suelo.

-Y uno de mermelada, y azúcar-le contestó enseñándole los dos botes con los condimentos.

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