Sally terminó de poner en orden los papeles que Straford había dejado en su mesa esa misma mañana, les puso un clic y entró con cuidado en el despacho de Steven, que para su sorpresa se había quedado dormido en el sillón de terciopelo rojo que adornaba una de las esquinas de la estancia. Sally puso los papeles sobre la mesa llena de pequeños enredos sin importancia, como eran grapas, bolígrafos, cigarrillos a medio fumar. Se dirigió hacía Straford, que en un momento lo puso erguido en el sillón y le dio un pequeño trago de aguardiente que se encontraba en un vaso de cristal a los pies del alcalde. La chica puso su mano bajo la barbilla del hombre para que no se ensuciara su camiseta. En unos momentos Straford abría los ojos para ver la imagen de su secretaria respectivamente encima de él. Se echó la mano a la cabeza y soltó un gruñido que hizo que Sally se retirara de inmediato.
-¿Qué ha pasado?-preguntó Steven apoyándose en sus propias rodillas.
-Te has pasado con el aguardiente. Deberías controlarte.
-Déjame-le dio una palmada en la mano a la chica y tiró la bebida al suelo. Salí se puso de rodillas y con una bayeta comenzó a limpiar el suelo.-Sally, deja eso.
-Eh, sí.
De pronto la puerta se abrió de un golpe dando lugar a un hombre medianamente alto, cubierto de arriba abajo con unas capas marrones. Straford se levantó del sillón y ordenó a la chica que se fuera hacía su mesa para que le trajera los papeles que le había dado. El hombre se quitó las capas y dejó su marcado rostro a la vista de los amarillentos ojos del alcalde, las heridas y cicatrices adornaban su piel morena y sus ojos negros recorrían la habitación en busca del alcalde.
-¿Straford?-preguntó sentándose en el sofá que había en el lado derecho de la habitación, junto a la chimenea encendida.
-Tú eres Vicens, ¿verdad?-se sentó en su sillón y Sally le entregó los papeles.-Taylor Vicens.
-Así es.
-Tenías cita está mañana.
-Creo que lo que le voy a decir no merece la pena pedir cita.-respiró un poco de aire y prosiguió.-Verá que yo no me acercó mucho por la ciudad, aún así voy a comprar materias primas. Y cómo habrá notado, últimamente escasean.
-¿Y qué?
-Sabe perfectamente como yo que estas tierras ya no pueden ser explotadas, carecen de minerales y de vida. Yo salgo a buscar unos minerales específicos para nuestra tierra.
-¿Existen?-preguntó maravillado Straford ante la idea de unos minerales que crearan vida.
-Pues claro. Iría yo solo, pero son muy difíciles de conseguir, y yo ya estoy muy viejo.
-¿Quiere qué envíe a unos niños a recogerlos?
-Claro que no. Solo que me acompañen, hoy se ha celebrado la lozanía, ¿no?-el alcalde asintió preocupado.-Convoque a los que no han elegido camino para mañana mismo.
-Espere, esto tendrá un precio, ¿verdad?
-No.
-¿Cómo qué no?
-No.
Herin entró en su casa, que se encontraba en la parte más llana del campo, donde sus tíos habían puesto en crianza una granja de avestruces, aunque el negocio no iba muy bien. Se quitó las botas y las dejó en el porche para que el olor no entrara en la casa, subió rápidamente las escaleras, seguida de Emden. Recogió de su armario un pequeño vestido de color negro, con una falda de volantes y unos tirantes recogidos al cuello, otro vestido rosa idéntico al negro y se lo pasó a su prima. Las dos se pusieron los vestidos y unas especies de sabinas rojas que Melanie les había tejido para ellas. Emden se recogió el pelo en una bonita coleta de caballo adornada con unos cascabeles de oro, mientras que Herin permanecía con su caballera suelta sin adornos. Miró a su prima, y vio el bonito recogido que se había hecho. De repente Melanie subió a la habitación de las jóvenes y le lanzó una bolsa a cada una. Las muchachas las abrieron y encontraron una caja en la que se podía observar su nombre inscrito; la de Herin estaba como fundida en oro, pero si se rozaba con la yema del dedo, se podía comprobar que era oropimente, era un tipo de mineral llamado "oro de los locos". La de Emden estaba bordada con un azul intenso, la letra e estaba rodeada por pequeñas jades que Melanie había ido coleccionando a lo largo de su vida. Herin abrió su caja y descubrió un precioso colgante con forma de flecha que estaba rodeada por una serpiente con los ojos rojos, el colgante tenía el mismo color qué el que tienen los diamantes. En cambio, Emden no recibió un colgante, sino una preciosa pulsera con cascabeles de plata, algo que Melanie sabía que le encantaba. Herin y Emden abrazaron a la mujer y salieron al comedor para iniciar la cena, con sus respectivas joyas cada una. La mesa estaba en el centro de la habitación, adornada con un mantel de punto verde, una vajilla heredada de la abuela de Herin, unas flores de muérdago y lo que más les gustaba a todos, la comida que Melanie y Tressy habían preparado. Todos se sentaron a la mesa y esperaron la llegada del padre de Herin, que era uno de los hombres más importantes de toda la ciudad, pero el más frío y misterioso que había. Y la gente temía cuando él se acercaba a algún puesto de manzanas, limones o de lo que fuera. Porque le daban miedo su mirada, no roja como la de Herin, pero si marrón, un marrón frío y cortante. Acompañado de los negroazulados cabellos que se posaban sobre ellos.
-La carne está buenísima tito-le halagó Herin pidiendo con el plato que le pusieran más en él, ya habían comenzado a cenar sin esperar al padre de Herin, Bornes.
-Me alegro de que te guste, este año la cosecha ha sido mejor.-rió Tressy por lo bajo aceptando la orden de su queridísima sobrina.
-Sí. Pero según me han contado, el suelo de la ciudad escasea de recursos y no se puede mantener una situación así durante toda la vida.-comentó Emden bebiendo del zumo de moras.
-Bueno, hoy no vamos ha hablar de eso.-gritó Bornes desde la ventana y con una manta en su enmarañado pelo, pues había comenzado a llover sin que los que estuvieran dentro de la casa se enterara. Melanie le dejó entrar y recogió sus ropajes mojados, ofreciéndole unos nuevos. Bornes se sentó junto a su hija y la besó en la mejilla, en lo que la joven le respondió con una mueca de asco. Su padre molesto por el gesto le dio un capón.
-¡Ay! Pero, ¿qué he hecho yo ahora?
-No. ¿Qué es lo qué vais ha hacer a partir de ahora? Pensad que ya no estáis en la escuela, ni en el colegio mayor.-corrigió la madre de Emden sirviendo un plato de sopa caliente a su cuñado.
-Bueno…-vaciló Herin mirando con la rabadilla del ojo a su prima-Veréis es que todavía…
-No lo habéis decidido-gritó Tressy dando un puñetazo a la mesa y haciendo que el muérdago cayera en los platos de las jóvenes.
-Exactamente.-afirmó Emden sonriendo por su respuesta.
-¿Y quién es la rara ahora?-susurró la otra tapándose con la mano.
-¿Pensáis estar toda la vida pensando que vais ha hacer?
-No.
-Muy bien, pues venga soltarlo.
-Bueno, yo quisiera aprender medicina.-comentó Emden jugando con el cuchillo alrededor de su barbilla.
-Pero eso tiene fácil arreglo, pídele ser su aprendiz a Geppeto Terrier.
-¡Ey! Yo he dicho que quiero ser médico, no una curandera.-protestó la joven lanzando un guisante al aire por culpa de un puñetazo. Herin observó como este iba a parar al bote de salsa que tenía su prima frente así y salpicar pequeñas gotas de ella en la cara de Emden.
-¿Y con respecto a ti?-preguntó su padre pasándole un trapo para que se lo pasara a su prima.
-Bueno, yo no sé lo que quiero hacer ahora. Pero sí lo que quiero ser un día.-todos sonrieron y esperando la tan excelente noticia pusieron oídos sordos a los quejidos de Emden.-Ser Nodriza de Blas Marine.
-¡¿QUÉ!?-gritó sorprendido su padre mientras se sostenía la cabeza, porque creía que se le iba a desencajar de su sitio.- ¿Tú sabes qué para eso necesitas aprender Taha dora?
-Si. ¿Y…?
-Nadie de aquí sabe Taha dora-apoyó Tressy a su hermano.
-Excepto Vicens Taylor.-apoyó Emden a su prima.
-Pero ese es un viejo loco.-argumentó Bornes contra el viejo.
-Papá sabes que Henry no aguantara más, ya tiene casi cien años. Y yo quiero sustituirlo.
-Eres muy joven para eso todavía, quizás dentro de unos cuantos años-le sonrió su tía Melanie que se mantenía erguida con los rizos cobrizos cayendo como pequeñas serpientes en su espalda, todavía Herin no se explicaba como Emden había heredado esa cabellera extraordinaria.
-En eso tienes razón, pero yo seré Madrina, ya lo veréis.
-Cambiando de tema, mañana tendréis que ir a comprar en el mercado.-dijo Melanie sirviendo un poco de puré de patatas en el plato de Emden.
-¿Y qué hay que comprar?
-Bueno pues patatas, manzanas…cebollas, y leche, sobre todo leche. Unos seis cartones. Mañana os dejaré el dinero en la encimera de la cocina, Tressy y yo tenemos que ir a llevar a los avestruces al veterinario.
-¿Y tú?-preguntó con despotismo Herin a su padre.
-No te interesa-se despojó de ella con una mano mientras se echaba a la boca un buen trozo de carne.


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